Concurso de fotografía.
Para ver las imágenes, visita en Instagram el hashtag #domesticidad314

El confinamiento por el COVID-19 implementó nuevas formas de habitar un espacio, a un mes del aislamiento en casa, hemos convertido nuestros hogares en lugares no comunes, aprendiendo a cohabitar nuestras habitaciones de una manera diferente. A tener una nueva #nuevasensibilidad


Esta transformación de los espacios en casa, nos llevan a la reflexión de re-pensar la domesticidad en tiempos de crisis; un riesgo sanitario que provocó importantes consecuencias a nivel mundial, alteró el cotidiano hasta desembocar en la construcción de una domesticidad distinta a la previa existente, transformando casas en oficinas, habitaciones en salón de clases y azoteas en áreas de descanso.En relación a la situación actual, en Estudio 3.14, queremos generar reflexión en torno a cómo habitar actualmente un espacio y cómo la arquitectura de tu casa y tú en ella se han adaptado a ese cambio.

Cecilia Álvarez-Tabio, Becaria 2020 escribe el siguiente texto desde su formación como antropóloga y gestora cultural.

“El sociólogo Irwin Hoffman decía, nosotros actuamos dependiendo con quién interactuamos. Al parecer el mundo es una gran obra de teatro en la que utilizamos muchas máscaras. En la intimidad podría suceder que nos quitamos esas máscaras y mostramos nuestro espacio, nuestros afectos y efectos personales. Al fotografiar nuestra intimidad esta podría mostrar algo más cercano a lo que en realidad somos”.


¿Cómo se llega a ser lo que uno es? Nietzsche se preguntaba esto al inicio de su retrato autobiográfico en 1888, titulado significativamente Ecce Homo. Wie man wird, was man ist. Con el confinamiento y la estancia perpetua en nuestros espacios más íntimos, fuimos islas. Cuerpos fragmentados, cuerpos solitarios, cuerpos con miedo a acercarse a otros cuerpos; con miedo de tocar objetos, de respirar directamente el aire que alguien más respiró. Fuimos islas porque súbitamente dejamos de ser continentes; dejamos de contener los benditos estímulos que nos inundaban. 


Fuimos islas porque existimos como sedimento inerte pero, sobre todo, porque nos dejamos poblar otra vez de las formas más fortuitas, porque bajo el mar seguiamos conectados al contienente. De un catálogo de vientos llegaron esporas y semillas para encontrar abrigo. En el lodo adherido a las plumas de las aves vinieron insectos y caracoles y, de las corrientes marinas arribaron masas de vegetación flotante arrancadas de las orillas. Fuimos inaccesibles, remotos y evasivos, pero también magnéticos. Ejercitamos la auto-observación y redefinimos nuestras identidades y nuestras conciencias. 


Podemos decir hoy que, somos y seremos los espacios que nos contuvieron; aquellos espacios en donde brotó nuestro imaginario, donde las acciones más automáticas como cocinar, comer y dormir se convirtieron en actos políticos de pertenencia emocional. Espacios que restructuramos para adaptarlos a nosotros mismos, a los demás, a las nuevas necesidades corporales e identitarias. 

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